China y su papel en el conflicto Israel–Palestina: de la solidaridad maoísta a la diplomacia estratégica de Xi Jinping
Historia, geopolítica, seguridad energética, mediación y límites reales de la influencia china en Oriente Medio
Actualización científica y geopolítica — agosto de 2026
By DrRamonReyesMD
El papel de China en el conflicto palestino-israelí suele simplificarse mediante dos interpretaciones opuestas: que Pekín es un aliado histórico de Palestina o que, bajo Xi Jinping, China intenta convertirse en un mediador neutral capaz de competir diplomáticamente con Estados Unidos. Ambas contienen elementos ciertos, pero ninguna explica por sí sola la política china contemporánea.
La realidad es considerablemente más sofisticada.
China mantiene una relación política excepcionalmente antigua con el movimiento nacional palestino, reconoce oficialmente al Estado de Palestina desde 1988 y defiende sistemáticamente la solución de dos Estados. Simultáneamente, mantiene relaciones diplomáticas, comerciales, tecnológicas y científicas muy importantes con Israel. En 2024, el comercio bilateral sino-israelí alcanzó aproximadamente 22.700 millones de dólares.
Por ello, la estrategia china no puede interpretarse simplemente como «China contra Israel» o «China a favor de Palestina». Es una política de equilibrio asimétrico: diplomáticamente inclinada hacia las reivindicaciones nacionales palestinas, pero pragmáticamente interesada en preservar relaciones funcionales con Israel y, sobre todo, en impedir que el conflicto desestabilice Oriente Medio.
De Mao Zedong a Xi Jinping: una transformación profunda
Durante el maoísmo, la aproximación china al conflicto estaba condicionada por la ideología revolucionaria y anticolonial del momento. Pekín consideraba la causa palestina parte de las luchas de liberación nacional del llamado Tercer Mundo.
La relación institucional comenzó muy pronto. En mayo de 1965, la Organización para la Liberación de Palestina estableció una oficina en Pekín con privilegios diplomáticos. Posteriormente, el 20 de noviembre de 1988, la República Popular China reconoció oficialmente al Estado de Palestina y estableció relaciones diplomáticas con él.
Pero la China de Xi Jinping ya no opera fundamentalmente mediante la lógica revolucionaria de Mao.
Su política exterior responde principalmente a una combinación de intereses económicos, seguridad energética, Belt and Road Initiative, estabilidad regional, competencia estratégica con Estados Unidos, acceso tecnológico y construcción de influencia en el denominado Global South.
Ese cambio es esencial para comprender a China en 2026.
El aparente dilema: Palestina políticamente, Israel económicamente
China mantiene dos relaciones paralelas que desde una perspectiva occidental pueden parecer contradictorias.
Con Palestina existe una relación histórica y política particularmente estrecha. Durante la visita de Mahmoud Abbas a Pekín en junio de 2023, Xi Jinping y Abbas elevaron oficialmente las relaciones a una asociación estratégica China–Palestina. Xi reiteró además el apoyo chino a la plena incorporación de Palestina a Naciones Unidas.
Con Israel, sin embargo, China desarrolló durante décadas una relación económica extraordinariamente pragmática.
Ambos países establecieron relaciones diplomáticas en 1992. Desde entonces crecieron el comercio, las inversiones y la cooperación científica, tecnológica y de infraestructura.
Según datos oficiales chinos, el comercio bilateral alcanzó 22.700 millones de dólares en 2024: aproximadamente 14.300 millones correspondieron a exportaciones chinas hacia Israel y 8.400 millones a importaciones.
La cooperación ha incluido innovación tecnológica, investigación, infraestructura y proyectos emblemáticos. China también ha participado en proyectos vinculados al puerto de Haifa, el tren ligero de Tel Aviv y parques conjuntos de innovación.
Por tanto, Pekín tiene incentivos claros para evitar una ruptura completa con Israel.
El 7 de octubre de 2023 cambió la ecuación
La guerra iniciada después de los ataques perpetrados por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 puso a prueba esta arquitectura diplomática.
China evitó alinearse con la respuesta política occidental y tampoco adoptó la terminología utilizada por Estados Unidos e Israel respecto a Hamás. Al mismo tiempo, reclamó reiteradamente protección de civiles, entrada de ayuda humanitaria, alto el fuego y reactivación de una solución política basada en dos Estados.
Esto deterioró considerablemente la percepción de China dentro de Israel. Pekín, entretanto, encontró mayor receptividad para su discurso entre países árabes y buena parte del Global South.
La consecuencia estratégica fue importante:
la guerra redujo la capacidad de China para presentarse simultáneamente ante israelíes y palestinos como un intermediario equidistante.
China conserva capacidad diplomática, pero su credibilidad como mediador no es simétrica entre ambas partes.
La doctrina china: cuatro elementos fundamentales
La posición oficial de Pekín ha permanecido notablemente estable en sus componentes esenciales.
Primero, China reclama un alto el fuego amplio y sostenible y la protección de la población civil.
Segundo, defiende el acceso humanitario y el funcionamiento de Naciones Unidas y sus agencias.
Tercero, insiste en que el futuro político de Gaza debe basarse en el principio denominado por Pekín «Palestinians governing Palestine», es decir, que la gobernanza palestina no debe ser sustituida permanentemente por una administración externa.
Finalmente, sostiene que la solución estructural continúa siendo la creación de un Estado palestino independiente coexistiendo con Israel.
Y esta doctrina sigue vigente en agosto de 2026.
El 24 de agosto de 2026, durante su encuentro con el rey Abdullah II de Jordania, Xi Jinping volvió a afirmar que la cuestión palestina continúa siendo el núcleo del problema de Oriente Medio y reiteró explícitamente la solución de dos Estados, la reanudación de las negociaciones palestino-israelíes y el principio de gobernanza palestina sobre los territorios palestinos.
Es decir: no estamos analizando solamente una posición histórica; es la doctrina diplomática china vigente.
Beijing Declaration: probablemente el movimiento chino más interesante
Una de las iniciativas más importantes —y menos comprendidas— ocurrió en julio de 2024.
China reunió en Pekín a 14 organizaciones palestinas, incluidas las principales facciones rivales, y el 23 de julio estas firmaron la denominada Beijing Declaration on Ending Division and Strengthening Palestinian National Unity.
La importancia estratégica de este movimiento fue considerable.
China identificó correctamente uno de los principales obstáculos para cualquier escenario posterior a la guerra: no basta con detener las operaciones militares; también es necesario determinar quién gobernará Gaza y bajo qué legitimidad política palestina.
La división histórica entre Fatah y Hamás constituye precisamente uno de los grandes problemas estructurales.
Pekín intentó colocarse en un espacio diplomático donde Washington tenía dificultades evidentes: la interlocución simultánea con actores palestinos políticamente incompatibles.
Sin embargo, aquí aparece una distinción fundamental:
conseguir que las facciones firmen una declaración no equivale a conseguir que implementen una estructura política unificada.
Ese es uno de los límites recurrentes de la diplomacia china.
El precedente que explica la ambición china: Arabia Saudí–Irán
Para comprender por qué Pekín decidió involucrarse más activamente hay que retroceder a marzo de 2023.
China facilitó el acuerdo mediante el cual Arabia Saudí e Irán restablecieron relaciones diplomáticas después de siete años de ruptura.
Fue un acontecimiento geopolítico importante porque demostró que China podía trascender su tradicional función económica en Oriente Medio y ejercer ocasionalmente una función diplomática de alto nivel.
El éxito generó una conclusión tentadora:
Si Pekín había podido facilitar un entendimiento entre Riad y Teherán, ¿podría hacer algo semejante entre israelíes y palestinos?
El problema es que los dos conflictos son estructuralmente diferentes.
Arabia Saudí e Irán son Estados soberanos con gobiernos consolidados capaces de cumplir compromisos diplomáticos. El conflicto palestino-israelí involucra territorio, ocupación, seguridad, refugiados, Jerusalén, asentamientos, fronteras, reconocimiento político, actores armados no estatales y profundas fracturas internas.
Por tanto, el modelo saudí-iraní no es directamente transferible al conflicto palestino-israelí.
¿Por qué China está realmente interesada?
No existe una única motivación.
Seguridad energética
China depende significativamente del suministro energético procedente de Oriente Medio.
Una guerra regional que involucrara simultáneamente a Israel, Irán, Líbano, Yemen y los Estados del Golfo podría afectar rutas marítimas, mercados energéticos, seguros, transporte y cadenas globales de suministro.
Para Pekín, la estabilidad regional es una cuestión económica y estratégica.
Belt and Road Initiative
Oriente Medio ocupa una posición geográfica fundamental entre Asia, África y Europa.
Puertos, corredores terrestres, ferrocarriles, energía e infraestructura convierten la región en un espacio relevante para la proyección económica china.
Relaciones con el mundo árabe
Desde Marruecos hasta el Golfo, China mantiene importantes relaciones comerciales, energéticas y diplomáticas.
Una posición percibida como excesivamente favorable a Israel podría deteriorar una arquitectura regional mucho más importante para Pekín que cualquier relación bilateral individual.
Global South
La cuestión palestina posee enorme carga simbólica en África, Asia, América Latina y el mundo islámico.
La defensa china del reconocimiento palestino también contribuye a su narrativa internacional como potencia favorable a la soberanía, el desarrollo y una arquitectura mundial menos dominada por Occidente.
Competencia estratégica con Estados Unidos
Aquí se encuentra otra dimensión fundamental.
Washington continúa siendo el principal aliado estratégico de Israel y la potencia militar externa dominante en Oriente Medio.
China no necesita sustituir completamente a Estados Unidos para obtener beneficios geopolíticos.
Le basta con demostrar que existen problemas internacionales importantes en los cuales Washington no posee el monopolio de la diplomacia.
El acuerdo Arabia Saudí–Irán y posteriormente las conversaciones interpalestinas de Pekín sirven precisamente a esa narrativa.
Pero China no puede sustituir a Estados Unidos
Este es probablemente el punto más importante de cualquier análisis serio.
China posee influencia económica y diplomática creciente, pero carece de varias herramientas estadounidenses.
Estados Unidos mantiene una relación militar, política y de seguridad extraordinariamente profunda con Israel y dispone de una arquitectura regional de bases, alianzas, cooperación militar, inteligencia y capacidades expedicionarias que China simplemente no posee.
Pekín tampoco proporciona a Israel garantías de seguridad comparables.
Por eso China puede convertirse en:
facilitador, convocante, interlocutor, financiador, actor diplomático o participante en una futura reconstrucción.
Pero actualmente resulta mucho menos plausible que pueda convertirse en el garante estratégico principal de un acuerdo palestino-israelí.
La literatura académica sobre la mediación china en Oriente Medio llega precisamente a una conclusión similar: el protagonismo diplomático chino está aumentando, pero también son evidentes los límites materiales de su influencia.
El factor Irán: una ventaja y simultáneamente una vulnerabilidad
China mantiene importantes relaciones con Irán.
Teóricamente esto le proporciona un canal adicional de influencia dentro del sistema regional, porque Teherán mantiene vínculos con diferentes actores armados de Oriente Medio.
Washington incluso ha solicitado anteriormente a China que utilizara su influencia regional para contribuir a evitar una expansión del conflicto.
Pero existe una diferencia entre tener acceso diplomático y poseer capacidad coercitiva.
China puede transmitir mensajes a Teherán.
Eso no significa que pueda ordenar a Irán modificar su política regional, y mucho menos controlar automáticamente las decisiones de organizaciones armadas vinculadas en distinto grado con Teherán.
Esta diferencia suele desaparecer en análisis excesivamente simplificados.
¿Podría China intervenir militarmente?
En términos convencionales, es altamente improbable.
No existe actualmente una lógica estratégica convincente para una intervención militar china directa en Gaza o contra Israel.
Una intervención de ese tipo:
- destruiría la relación sino-israelí;
- dañaría la estrategia china de equilibrio regional;
- enfrentaría indirectamente a China con Estados Unidos;
- expondría fuerzas chinas a una guerra de enorme complejidad;
- comprometería la narrativa china de resolución política;
- y ofrecería pocos beneficios estratégicos proporcionales al riesgo.
La posibilidad más realista de participación china no es una fuerza de combate.
Sería, eventualmente y bajo un acuerdo internacional suficientemente amplio, alguna combinación de diplomacia, ayuda humanitaria, reconstrucción, financiación, observadores, apoyo multilateral o participación en mecanismos internacionales respaldados por Naciones Unidas.
La posición china en agosto de 2026
Los pronunciamientos chinos más recientes muestran continuidad.
En febrero de 2026, China reclamó un alto el fuego «genuino, completo y duradero», acceso humanitario, respeto del derecho internacional humanitario y una solución posbélica compatible con la fórmula de dos Estados.
Y en agosto de 2026, ante una nueva escalada, el representante permanente chino ante Naciones Unidas volvió a expresar preocupación por el aumento de víctimas civiles y por la evolución de la situación en los territorios palestinos ocupados.
Por tanto, no se observa hasta este momento un giro doctrinal hacia una implicación militar.
Se observa, en cambio, una persistente intensificación diplomática.
¿Es China realmente neutral?
Depende de qué entendamos por neutralidad.
Si neutral significa mantener idéntica posición política respecto de las reivindicaciones israelíes y palestinas, no.
China reconoce al Estado palestino, apoya su incorporación plena a Naciones Unidas, critica determinados aspectos de la política israelí y mantiene una posición históricamente favorable a la autodeterminación palestina.
Si neutral significa mantener relaciones diplomáticas y económicas con Israel mientras dialoga con actores palestinos y árabes, entonces existe una forma de pragmatismo multipolar, aunque no una equidistancia estricta.
La descripción más rigurosa probablemente sea:
China no es neutral; es estratégicamente no beligerante.
Esta distinción explica gran parte de su comportamiento.
Una dimensión frecuentemente olvidada: Israel también importa a China
Presentar la política china únicamente como pro-palestina sería un error.
Israel posee tecnología avanzada, innovación, investigación científica, agricultura de precisión, biotecnología, gestión del agua, inteligencia artificial y un ecosistema empresarial de enorme interés internacional.
Décadas de cooperación económica no desaparecen automáticamente por una crisis política.
Por eso la política china busca preservar algo extremadamente difícil:
capital político en el mundo árabe sin destruir completamente su relación con Israel.
Es un ejercicio de equilibrio diplomático.
Tres escenarios para los próximos años
Escenario 1 — China como actor diplomático complementario. Es el más probable. Pekín continuará utilizando Naciones Unidas, relaciones con países árabes, contactos palestinos y vínculos con Irán para impulsar alto el fuego, reconstrucción y solución de dos Estados.
Escenario 2 — China como participante relevante en la reconstrucción de Gaza. Es perfectamente plausible si aparece una arquitectura política aceptada internacionalmente. Infraestructura, energía, vivienda, telecomunicaciones y financiación son precisamente ámbitos donde China posee enorme capacidad.
Escenario 3 — China como garante principal de un acuerdo de paz. Mucho menos probable. Para ello necesitaría una confianza israelí que actualmente no posee y asumir responsabilidades políticas y de seguridad que Pekín históricamente intenta evitar.
Evaluación estratégica
La transformación desde Mao hasta Xi no representa el abandono de Palestina.
Representa algo más interesante:
la transformación de una solidaridad revolucionaria en una política de gran potencia.
Durante Mao, Palestina estaba integrada en la narrativa de liberación nacional y antiimperialismo.
Durante Xi Jinping, Palestina continúa teniendo importancia histórica y política, pero forma parte simultáneamente de una estrategia mucho mayor que incluye energía, Belt and Road, relaciones árabes, Irán, Israel, Global South, Naciones Unidas y competencia sistémica con Estados Unidos.
China pretende demostrar que puede ser una potencia indispensable sin reproducir exactamente el modelo estadounidense de presencia militar.
Pero ahí reside también su principal contradicción.
La influencia diplomática puede abrir una negociación; no necesariamente puede imponer su cumplimiento.
Washington dispone de instrumentos coercitivos, militares y económicos que Pekín no posee —o no desea utilizar— en este escenario. China dispone, por otro lado, de acceso político a determinados actores con los que Estados Unidos mantiene relaciones mucho más difíciles.
Esto convierte a ambas potencias, paradójicamente, en actores potencialmente más complementarios de lo que admite la narrativa habitual de competencia estratégica.
Conclusión
La pregunta correcta ya no es simplemente si China puede intervenir en el conflicto Israel–Palestina.
China ya interviene.
Pero lo hace mediante diplomacia, Naciones Unidas, relaciones económicas, reconocimiento político, diálogo interpalestino y construcción de coaliciones internacionales, no mediante fuerzas militares.
Su objetivo inmediato parece ser evitar la regionalización del conflicto y preservar la posibilidad de una solución política. Su objetivo estructural es mayor: consolidarse como una potencia capaz de participar en la definición del orden de Oriente Medio.
El resultado todavía está abierto.
La Beijing Declaration, la asociación estratégica con Palestina, el precedente Arabia Saudí–Irán y la creciente actividad china en Naciones Unidas demuestran una ambición diplomática real. Pero las dificultades para transformar declaraciones en acuerdos ejecutables revelan también los límites del poder chino.
La conclusión geopolítica en agosto de 2026 puede resumirse así:
China posee suficiente influencia para sentarse en cualquier futura mesa de negociación sobre Palestina, pero todavía no suficiente poder —ni probablemente suficiente voluntad— para controlar lo que ocurra después de que los participantes abandonen esa mesa.
Y esa diferencia entre influencia, mediación y capacidad de imposición es precisamente la clave para comprender el verdadero papel de China en el conflicto palestino-israelí.
Fuentes primarias y bibliografía seleccionada
La ficha oficial y actualizada de las relaciones China–Palestina puede consultarse en el . La elevación de las relaciones a asociación estratégica aparece en el . El documento original de la reconciliación interpalestina está disponible en la .
Para la posición formal china sobre la guerra y la solución de dos Estados resulta especialmente relevante el , depositado ante Naciones Unidas. Para comprobar la continuidad de la doctrina en 2026 pueden consultarse la y la .
Como referencia académica complementaria: China’s Role in Conflict Mediation in the Middle East: Normalization of Relations between Iran and Saudi Arabia and the 2023 Israel-Hamas War, Asia-Pacific Review, DOI: 10.1080/13439006.2023.2295705.
By DrRamonReyesMD
Actualización: 30 de agosto de 2026


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